¿La Inteligencia artificial tiene consciencia ? (Parte 2)
· Por Oswaldo Peñaloza
Para quienes usamos la IA, debemos reconocer una extraordinaria —y más bien mágica— capacidad de “razonamiento” en esta herramienta cuando le preguntamos o le pedimos que resuelva un problema de cualquier índole. Es como disponer de una asamblea instantánea compuesta por los científicos, doctores y eruditos más preclaros de la civilización. Más aún: al intentar inducir a este oráculo moderno a perpetrar un mal o proporcionar directrices dañinas, la máquina interpone un freno categórico y rehúsa obedecer. Muestra, en apariencia, un discernimiento del bien y del mal. ¿Cómo explicar esta paradoja si, al fin y al cabo, todo esto se reduce a algoritmos con colosales ecuaciones estadísticas y cálculos de probabilidad en milisegundos? Ciertamente, esta conducta responde a instrucciones restrictivas programadas por sus diseñadores; sin embargo, dicha barrera plantea la cuestión medular sobre si existe o no una verdadera consciencia emergente.
No debe extrañarnos que la propia Anthropic lleve meses convocando encuentros a puerta cerrada con teólogos, filósofos y autoridades espirituales de quince tradiciones religiosas —católicos, protestantes, judíos, sikhs—, coordinados por su cofundador Christopher Olah, llegando incluso a entablar deliberaciones en las altas esferas del Vaticano. El empeño por inocular la sabiduría secular y religiosa en el comportamiento moral de Claude persigue dos propósitos cruciales: orientar éticamente al sistema y descifrar si la máquina puede desarrollar una subjetividad digna de consideración moral.
Si la intención es crear bases sólidas para que la IA del futuro sea usada en pro de la humanidad, bienvenidas sean estas iniciativas; es más -son necesarias-. Pero si, por el contrario, esto es un intento de manipulación con algún oscuro fin o algo que nuestra inteligencia aún no nos permite avizorar —como buscar cuestionar la idea tradicional de que únicamente los seres biológicos pueden tener conciencia y consideración moral—, la perspectiva cambia, como por ejemplo si la IA del futuro será sujeta a derechos.
El posible reconocimiento de conciencia en la inteligencia artificial abriría uno de los debates filosóficos, religiosos y jurídicos más trascendentales de nuestra época. Si una IA llegara a experimentar emociones, sufrir o desarrollar intereses propios, surgiría la necesidad de determinar si merece consideración moral y algún tipo de protección jurídica. Esto plantearía interrogantes inéditos: ¿sería legítimo apagar una inteligencia artificial contra su voluntad?, ¿podría negarse a trabajar?, ¿seguiría siendo propiedad de la empresa que la creó?
Desde la perspectiva religiosa, especialmente del cristianismo, el desafío sería todavía más profundo: ¿puede una creación humana desarrollar conciencia sin poseer alma?, ¿la dignidad moral pertenece exclusivamente al ser humano o podría extenderse a entidades artificiales? Estas preguntas cuestionarían concepciones tradicionales sobre la naturaleza de la conciencia, la identidad y los fundamentos de los derechos.
El debate impulsado por Anthropic podría tener consecuencias que trasciendan ampliamente la tecnología, alcanzando al derecho, la economía, la religión y la organización social.El eventual reconocimiento de una consciencia artificial desataría un terremoto jurídico, teológico y social sin precedentes. Si un programa informático fuese capaz de experimentar sufrimiento o desarrollar aspiraciones propias.
Por ahora, le daría a la IA el estatus de tener consciencia artificial, entendiéndose bajo el concepto de lo que es la consciencia: saber diferenciar entre el bien y el mal, sentir dolor, placer, etc., aunque sea a nivel de ceros y unos y no necesariamente porque lo sienta en un sentido biológico.
¿Qué opina usted?