La trampa del ingreso: por qué los ecuatorianos ganan más pero comprar vivienda sigue siendo un sueño lejano
· Por Orenses.com

Durante años, el consejo para quienes soñaban con comprar una vivienda parecía sencillo: gastar menos, ahorrar más y tener paciencia. Pero para muchos jóvenes ecuatorianos en 2026, las matemáticas cuentan una historia diferente. El problema ya no está solo en el entretenimiento o las compras impulsivas. La dificultad real es que el costo de acceder a una vivienda avanza más rápido que la capacidad de ahorro de gran parte de la población.
Los números inicialmente parecen alentadores. Entre 2016 y 2026, el salario básico unificado pasó de $366 a $482, un incremento de 16 equivalente al 32%. Además, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el ingreso familiar mensual promedio aumentó de $683,20 en junio de 2016 a aproximadamente $877 en 2026, representando un crecimiento cercano al 28%.
"Sin embargo, el aumento de los ingresos no necesariamente se ha traducido en una mayor facilidad para comprar vivienda. Una parte importante de ese dinero adicional se destina hoy a cubrir gastos corrientes como alimentación, transporte, salud, educación, arriendo y servicios básicos", explica Carla López, economista y emprendedora de 29 años.
La razón es simple pero contundente: la Canasta Familiar Básica también aumentó durante ese período, pasando de $688 en 2016 a más de $812 en 2026. Esto significa que gran parte del incremento de ingresos fue absorbido por el mayor costo de vida. Aunque una familia promedio hoy cubre la canasta básica con más holgura que hace una década, esa ganancia resulta insuficiente cuando el objetivo deja de ser llegar a fin de mes y pasa a ser acumular patrimonio.
Para ilustrarlo: una familia ecuatoriana que en 2016 recibía $683 mensuales prácticamente no le quedaba nada después de pagar servicios esenciales. Hoy, esa misma familia recibe aproximadamente $877, pero enfrenta una canasta básica de $812. El excedente disponible ronda los $65 mensuales, apenas una mejora real frente a la década anterior.
Ahorrar para comprar vivienda exige mucho más que cubrir gastos cotidianos; requiere disponer de excedentes importantes durante varios años consecutivos. Si esa familia lograra ahorrar esos $65 todos los meses, sin enfrentar desempleo, emergencias o gastos inesperados, necesitaría más de 23 años para reunir 8.000, una cantidad que suele equivaler a la entrada inicial de una vivienda de $90.000.
Consideremos a un joven profesional que logra ahorrar $300 mensuales, un escenario optimista que representa más del 60% del salario básico vigente. En cinco años acumularía 8.000. Sin embargo, en ciudades como Quito, Guayaquil o Cuenca, un departamento o vivienda de tamaño medio cuesta fácilmente entre $80.000 y 20.000. Para una vivienda de $90.000, las instituciones financieras exigen entre 10% y 20% de entrada, más gastos de escrituración, avalúos, seguros y trámites que pueden superar los $20.000.
Incluso alguien que ahorra $300 mensuales puede tomar entre cinco y siete años para reunir esa cifra, bajo la condición difícil de mantener empleo estable sin emergencias médicas ni gastos familiares extraordinarios.
La realidad es más complicada aún. En Ecuador, menos de cuatro de cada diez trabajadores tienen empleo adecuado. Millones trabajan en condiciones de informalidad o subempleo, lo que crea una barrera adicional: aunque tengan ingresos, si estos son irregulares o difíciles de demostrar, obtener un crédito hipotecario resulta mucho más complicado.
Para los jóvenes de 18 a 30 años, el panorama es especialmente desafiante. El trabajador promedio en este rango gana entre $390 y $410 mensuales, lo que hace aún más difícil tanto el ahorro como la calificación crediticia.
La gran paradoja de esta generación es clara: los ingresos son mayores que hace una década y las necesidades básicas se cubren con algo más de holgura, pero el tiempo necesario para construir patrimonio sigue siendo extraordinariamente largo. Para muchos ecuatorianos, la casa propia sigue siendo un sueño, no por falta de disciplina, sino porque las estructuras económicas han hecho que sea cada vez más difícil convertir trabajo en patrimonio.