El Oro bajo el control del miedo: masacres, panfletos intimidatorios y comunas que aprendieron a callar
· Por Orenses.com

Durante las últimas semanas, El Oro ha experimentado una transformación que va más allá de las cifras de homicidios. Una cadena de masacres, atentados con explosivos, amenazas escritas en panfletos y cuerpos abandonados en espacios públicos ha comenzado a reconfigurar la vida cotidiana de miles de habitantes. El cambio más profundo no se mide solo en estadísticas de violencia: se refleja en parques vacíos, negocios que cierran antes del anochecer, vecinos que evitan pronunciar nombres en voz alta y comunidades que ahora conviven con el miedo como parte de su rutina diaria.
Las comunas ribereñas de San Agustín, San José y Las Margaritas se han convertido en el epicentro de esta transformación. Sus habitantes hablan en voz baja y muchos aceptan contar lo que ocurre únicamente bajo la condición del anonimato. "Aquí era un pueblo muy tranquilo", comenta una residente mientras observa una calle casi vacía. "Ahora todos nos encerramos antes de las siete porque no sabemos qué puede pasar".
La cronología de la violencia puede seguirse casi día por día. El 7 de junio, hombres armados irrumpieron en un bar de San Agustín donde varias personas celebraban la victoria de la selección ecuatoriana. Wilson Iván Chica Camacho, Jaime Leonardo Carrión y Anthony Marcelo Romero Benavides murieron en el ataque, mientras tres personas resultaron heridas. Apenas 24 horas después, el 8 de junio, Víctor Alejandro Jiménez Mora, de 19 años, fue asesinado en San José. El 17 de junio, un estudiante volvió a convertirse en víctima de otro ataque armado en San Agustín.
La secuencia alcanzó su punto crítico el 1 de julio, cuando cuatro agricultores fueron asesinados en el parque central de San Agustín. Según las investigaciones, al menos cinco hombres armados descendieron de dos vehículos, incluido un taxi amarillo, y dispararon contra quienes conversaban en el lugar. Cuando la Policía llegó, los cuerpos ya no estaban: los familiares los habían retirado. En la escena solo quedaron manchas de sangre, más de treinta indicios balísticos y un panfleto firmado por un grupo que se identifica como "La Nueva Sangre".
En apenas 24 días, nueve personas fueron asesinadas en estas tres comunas. El miedo hizo lo que ninguna autoridad había ordenado: vaciar las calles antes del anochecer.
Semanas antes de la masacre del 1 de julio comenzaron a aparecer panfletos en San Agustín. En ellos se mencionaba a un hombre conocido como alias Charly y se advertía que cualquiera que "le copiara" terminaría de la misma manera. Otros escritos advertían contra permanecer en el parque durante la noche e incluían amenazas dirigidas a estudiantes. Muchos habitantes decidieron dejar de reunirse en ese espacio público. Los que continuaron haciéndolo enfrentaron las consecuencias.
La violencia no se limita a las comunas ribereñas. La madrugada del 27 de junio, Zaruma despertó con una escena sin precedentes: una cabeza humana fue abandonada en una funda negra en el parque central. Horas después, el resto del cuerpo de José Arturo Aguilar Aguilar fue encontrado en una vía que conecta Portovelo con Loja. Junto a los restos aparecieron panfletos con mensajes intimidatorios.
Tres días después, durante la madrugada del 30 de junio, hombres armados llegaron a una vivienda en Huaquillas identificándose como miembros de la Policía Judicial. El engaño les permitió ingresar antes de asesinar a dos jóvenes de 19 y 22 años. Los investigadores levantaron 33 vainas calibre 9 milímetros y otras 12 calibre .223, utilizadas en fusiles.
Esa misma noche, en menos de cinco horas fueron asesinadas cuatro personas en Santa Rosa, Machala y Arenillas. Un reconocido abogado resultó gravemente herido en otro ataque armado.
La escalada de violencia también ha alcanzado al Estado. La noche del 12 de junio, un atentado con explosivos destruyó parte de las oficinas de la Agencia de Regulación y Control Minero (ARCOM) en Machala, pocas horas después de que el Gobierno ejecutara 88 operativos contra la minería ilegal. Entre los escombros apareció otro panfleto con amenazas dirigidas a funcionarios públicos y empresarios vinculados al sector minero. El 3 de julio, el Bloque de Seguridad capturó a siete presuntos implicados en ese atentado. Durante los allanamientos fueron encontradas armas, explosivos y droga.
Pero hay otro fenómeno que preocupa a las autoridades y que no aparece en los balances de muertes violentas: el silencio. En casi todas las escenas abundan los testigos, pero escasean los testimonios. Los vecinos observan desde las ventanas, ayudan a los familiares y regresan rápidamente a sus casas. Muchos rechazan declarar ante la Policía. Otros solo aceptan conversar bajo la condición de permanecer en el anonimato.
El coronel Renato González, jefe de la Zona 7 de la Policía Nacional, reconoce que el temor está dificultando el avance de las investigaciones. Para el oficial, la provincia enfrenta "un cáncer en expansión" provocado por la disputa entre organizaciones criminales ligadas al narcotráfico que buscan controlar corredores estratégicos hacia los puertos del país.
Durante el primer semestre de 2026, El Oro acumula 489 muertes violentas. Dentro de esa cifra hay 42 mujeres asesinadas, un número que ya iguala todos los casos registrados durante 2025. Machala, Huaquillas, Santa Rosa, Arenillas, Pasaje, Puerto Bolívar, El Guabo y Zaruma aparecen una y otra vez en los reportes policiales.
Sin embargo, el cambio más profundo no puede medirse únicamente con estadísticas. Está en los comerciantes que cierran antes del anochecer, en los padres que ya no permiten a sus hijos jugar en el parque, en los vecinos que dejaron de responder cuando alguien toca la puerta, en las personas que prefieren callar antes que convertirse en el siguiente nombre de una lista. Porque cuando una organización criminal consigue modificar los horarios, las costumbres, los espacios públicos y hasta la forma en que una comunidad decide hablar o guardar silencio, la violencia deja de ser una sucesión de hechos policiales. Empieza a convertirse en una nueva forma de convivencia impuesta por el miedo.